Para la teología cristiana la mansedumbre es una virtud del espíritu. El término proviene del latín mansuetūdo y significa condición de manso.

En Carta del Apóstol San Pablo a los Efesios (4:2) leemos: "Con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándonos unos a otros por amor."

Y es, también, “una forma de templanza que evita todo movimiento desordenado de resentimiento por el comportamiento de otro.” (corazones.org)

La cordialidad, la tolerancia, la docilidad, la apacibilidad, son sólo algunas de las muchas cualidades que conforman esta virtud.

Pero no debemos confundir mansedumbre con debilidad; y aquí recordemos a Aristóteles:
“El hombre manso se encuentra en medio de dos personajes igualmente viciosos: el “colérico” (que se enfada por todo) y el “impasible” (que le da igual ocho que ochenta). Al manso le adornan la paciencia, la bondad, la comprensión. Pero esta actitud no significa pasividad, o debilidad. La mansedumbre es la virtud de los fuertes, que saben canalizar sus deseos a veces demasiado impulsivos e impacientes, no para reprimirlos, sino para ordenarlos y sacarles el verdadero provecho.

La mansedumbre tiene algo de suavidad, y también mucho de fortaleza. Debajo de una persona mansa hay una gran fortaleza interior. En cambio, el débil actúa con violencia, para que no se descubra su debilidad, fruto de su inseguridad…”


Hoy vivimos en un mundo en el que la mansedumbre le está cediendo paso a sus contrarios. La ira, la intolerancia, la prepotencia y falta de respeto, no sólo las encontramos en algunas personas públicas sino, también, en nuestra vida cotidiana. Sin excluir el diálogo, parece ser que, en los tiempos que corren, el modo de moda es el imperativo.

Seria bueno familiarizarnos más con esta virtud, y tratar de incorporarla, junto con la humildad, a nuestro estilo de vida.

Sería una forma de vivir en paz.

 


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