Acerca del perro.

Julio Mafud es quien nos recuerda que ni el indio ni el gaucho han sido amigos de los perros. Los indios los consideraban habitantes extraños en sus tolderías y, sin contemplación alguna, solían descargar sobre sus lomos toda su violencia. Lucio V. Mansilla en su Excursión a los Indios Ranqueles, nos dice: “Lo tratan con la mayor dureza; el que no está lleno de chichones tiene alguna cicatriz agusanada.”

Y esa negatividad es la que quedará en el lenguaje popular. Por eso decimos “andar más solo que un perro”; estar con un “humor de perros”; “llevar una vida de perro” o, con mayor énfasis, decir: “¡Suerte perra la mía!”

Otra frase expresiva, y en la que el rechazo es más evidente, es la que dice: “A mí no me van a meter el perro”.

El perro, como símbolo negativo, alcanza también a la mujer. Y en tren de buscar un ejemplo recurro al tango, donde automáticamente aparece aquel verso propio de una crónica policial: “trenzó sus manos en el cogote de aquella perra, como hago yo.”

Pero... como en biblioteca de abogado, podemos encontrar también la otra versión. La del porteño que con un tono de admiración nos habla del rope, recurriendo al vesre con la intención de magnificar cualidades y afectos , en la misma forma en que lo hace cuando nos habla del gomía o del troesma.

Y desvirtuando el sentido de la frase “llevar una vida de perro”, acuden ahora los memorables versos de Cadícamo: “Tenés un galgo ruso que no es pa’ liebre, y se pasa una vida fenomenal. / Te juro que al pensarlo me cacha fiebre, y ¡qué lindo sería ser animal!”


Audio: "Pituca", de Ferreyra y Cadícamo, por Carlos Gardel.
(Click con el mouse en el triángulo de play).




 
 
 
 

             
 
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