Acerca de Enrique Dizeo.

Charlar con Dizeo -dueño de una especial simpatía- era caer inexorablemente en la evocación. Todo él era como un recuerdo, como un dejarse llevar por la nostalgia. Claro, se le adelantó en siete años al nacimiento del siglo XX y había visto mucho. Había vivido mucho.

Me contaba que nació en el barrio de Almagro, en la calle Maza 472. Hijo de inmigrantes, creció en el seno de una familia numerosa (9 hermanos); y era un auténtico criollo que se pintaba a sí mismo como hombre “honrado a carta cabal” aunque con “cara de rana...”

Fue uno de los primeros socios de SADAIC. Sus tangos iniciales fueron “Romántico bulincito” y “Triste paica”, a los que le puso música Augusto Gentile.

Desde entonces siguió fiel al tango al que se dedicó de lleno. Escribió, además, composiciones en colaboración con Pugliese, Troilo, Cobián, Carlos Geroni Flores, Anselmo Aieta, De la Cruz y otros músicos.

Como poeta, se manifestaba deliberadamente anárquico y desconocedor de reglas y leyes de la gramática y la versificación; y alguna vez escribió: “Yo no sé lo que es sintaxis, prosodia, / ¡qué tanto brillo! / Interpreto como puedo cuadritos del arrabal”.

Recordaba con orgullo (un orgullo plenamente justificado) que Carlos Gardel le grabó once de sus temas y que la cantante francesa Edith Piaf dejó impreso en el surco su vals “Que nadie sepa mi sufrir”.

Lo recuerdo campechano y conversador; de pelo blanco y ojos verdes.


Audio: “Pan comido” –tango de Enrique Dizeo e Ismael Florentino Gómez–.
Canta Carlos Gardel.

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