Acerca de Rivero y la amistad

Quienes lo conocíamos sabíamos bien que nunca hizo derroches de palabras, ni habló de sí más de lo necesario, ni siquiera cuando lo comenzó a acompañar el éxito.

Tenía una particular manera de conversar.

En él no había palabras fuera de lugar. Hablaba como cantaba. Llamaba a las cosas por su nombre y, cada vez que afirmaba algo, en realidad era una sentencia. Tenía la valoración exacta que hacía de sus palabras, de sus gestos, de las inflexiones de su voz, la síntesis de algo que no abunda: humanidad.

Su sobriedad (otro de los rasgos que lo caracterizaba), el pudor con que manejó siempre su vida, el rigor casi místico que le impuso a su carrera, bastarían para darnos el perfil de un hombre que sabía convertir sus repentinos silencios en el dato más elocuente. Rivero prefirió siempre que se lo conociese por la rectitud de su conducta, por su música y su canto. La única elocuencia que le interesaba.

Esa reserva y esa hombría de bien lo situaban en un plano de dignidad muy alejado de la mediocridad y de las mezquindades, y hacían de él un amigo noble y leal.

“Yo tengo muchos amigos, pero a todos los trato de usted. Músicos, poetas o quien sea. Yo soy así.” -me confió una tarde, agregando luego:

-Tuve amigos de toda clase y con todos me llevé bien.

Fue amigo de sus amigos, y a tal punto, que hasta los lugares comunes de la amistad ya le eran propios: a carta cabal, sin dobleces, sin renuncios.

Rivero fue un amigo de los que no se empardan.


 
Audio: "Amigos que yo quiero"
- Letra y música de Hugo Gutiérrez -
Canta Edmundo Rivero



 




 
 
 


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